5 dic. 2013

Capítulo 2.

La alarma sonó a las 7. 

Yo pegué un brinco, al menos había tenido un sueño profundo esa noche. Me estiré en la cama y apagué el despertador antes de que me sacase de mis casillas y lo estrellase contra la pared.

Volví a tumbarme en la cama y sonreí al acordarme de que ese día volvería a ver a mis amigos.

Me levanté con una energía que ni yo misma sabía que podía tener a esa hora de la mañana. Me cogí ropa y toalla y me fui a las duchas. 
Estuve un buen rato en el agua, relajada y disfrutando del poco silencio que le quedaba a Cimmeria. En unas pocas horas toda ella estaría llena.

Acabé, me sequé un poco con el secador de manos mi negro pelo ondulado y me eché un poquito de maquillaje. Me estaba pasando el lápiz de ojos cuando me asaltó la duda que casi siempre tenía cuando pasaba demasiado tiempo delante del espejo. ¿Me parecería a mis padres? ¿Se acordarán en algún momento de mí? ¿Me echarán de menos?

Claro que no, idiota. Si te abandonaron es porque no les importabas nada.

Suspiré y me dispuse a bajar las escaleras del comedor, dispuesta a desayunar.

No veía a mi ‘familia feliz’ por ningún lado, así que me senté sola en una mesa. No había empezado mi tostada cuando una voz familiar me habló desde mi espalda.

-¿Deseando que empiecen las clases, Crystal?

Me di la vuelta y me encontré con el profesor Jerry. Era ya un hombre mayor, igual que el profesor Zelazny. Sylvain me contó que ya estaban allí cuando él estudió en Cimmeria. De hecho, me ha contado bastantes cosas de cómo era Cimmeria antes, y me sorprende que haya trozos que se me quedasen grabadas de todo lo que me dice. Es raro porque cuando un adulto empieza su típica charla de 'cuando yo era joven' desconectas y de vez en cuando asientes para hacerle saber que le estás escuchando. 

-Hola Jerry, me alegro de verte –le sonreí. Me caía bien. Al menos, mucho mejor que Zalazny y otros profesores de allí que estaban amargados y no tenían nada mejor que hacer que provocar que los alumnos pasasen un mal rato.- ¿Cómo es que estas por aquí tan pronto?

-Oh, ya sabes, me gusta llegar temprano siempre. ¿Qué tal te ha ido el verano?

-Muy bien. Me he divertido mucho charlando con los pájaros y escuchando los chistes malos de las mariposas –bromeé.

-No puede haber sido tan malo si aún sigues viva.
Me reí.

-Si, al menos no me he muerto de aburrimiento. Sería una muerte muy patética.

-Desde luego –me sonrió y a continuación me dijo que era hora de marcharse a las puertas del internado, ya que nunca se sabía a qué hora empezarían a llegar los primeros alumnos.

Y me dejó sola con mi desayuno.

Cuando acabé, salí yo también afuera. A pesar de ser Septiembre, se seguía oliendo a verano; y a pesar de ser las 8 y media, ya empezaba a hacer calor. Y el uniforme de la escuela precisamente no ayudaba. Tarde o temprano me empezarían a picar las piernas por las tortuosas medias. Odiaba esas asquerosas medias.

Las puertas de entrada eran grandes y viejas, con pequeñas rajas en la madera. Sorprendentemente, parecían muy fuertes aún.
La fachada era medio gótica medio moderna. No sabría definirla bien. Desde fuera, el internado se veía enorme. Casi como un castillo. Pero cuando ya te conoces cada rincón y esquina de él, ya no te lo parece. Y eso es justamente lo que me pasaba a mí.

Los primeros coches empezaron a llegar. No reconocí a ninguno de los alumnos que llegaron primero. Supuse que serían de primer curso. O nuevos pero de cursos más superiores, ya que el rubio que estaba apoyado en la puerta del mercedes de su padre no parecía precisamente de primer curso.

Era alto, muy alto, y musculoso. El estar precisamente cruzado de brazos lo hacía aún más intimidante. Su pelo era cobrizo y, no podía estar muy segura ya que estaba lejos, de que sus ojos eran azules.

En ese momento miró en mi dirección. Si, de un bonito azul mar. Inclinó la cabeza hacia mí y me sonrió a modo de saludo. Yo hice lo mismo. Al menos parecía amable.

-¡Hey, Crys! –oí que Sylvain me llamaba.-¿Me puedes hacer un favor?

-Claro, dime.

-Verás, ve a mi despacho y, encima de mi mesa, habrá unos papeles con listas de los nuevos alumnos. No entiendo como se me olvidó cogerla. ¿Me la podrías traer? –preguntó mientras me tendía las llaves de su despacho.

Me extrañó que me estuviese dejando tan campante entrar en su despacho sabiendo lo curiosa que yo era, asi que no desaproveché.

-Vale.

-¡Intenta no tardar mucho! –me gritó mientras yo ya andaba rápidamente hacia en interior de Cimmeria -¡Y no husmees!

Rodé los ojos y me metí por el pasillo que me dirigía al despacho del director. Introduje la llave y entré. Había estado muy pocas veces allí dentro, ya que usualmente no me dejaban entrar. Una vez intenté colarme y me llevé una bronca y un castigo de concurso. Era de las pocas veces que Sylvain realmente me había gritado.

Escaneé con la mirada la mesa que estaba en el lado izquierdo de la habitación. Justo como había dicho, allí encima estaba la lista. Me apresuré y la cogí. Pero, gracias al incuestionable arte de ser patosa, tiré otros tantos papeles que no eran listas al suelo.

Suspirando me agaché y los amontoné. Pero me paré cuando vi una foto. En ella salían alumnos de mi misma edad con el uniforme del internado.

No se como, pero logré reconocer a Sylvain. Me sorprendió ver que de joven era incluso más guapo de lo que ahora lo era. Me reí internamente al pensar en todas las chicas del colegio persiguiéndolo para ser sus citas. Me guardé eso en la mente y preguntárselo en algún momento.

A su lado estaba una muchacha con el pelo rojizo, pero dudo que ese fuera su color natural. Al lado de ésta estaba una chica con el pelo muy cortito y rubio. Y fila tras fila de alumnos. Me chocó también un chico con el pelo negro azabache y los ojos del mismo color. Parecía…triste. En la esquina había otra foto de un chico fuerte, rubio y, por su apariencia, travieso.

Arriba había una foto en grande de la directora de aquel entonces, Isabelle. También la había visto un par de veces, no más. Pero mucho más vieja que en la foto, obviamente.

Lo dejé todo de vuelta en su sitio y salí del despacho.

Volví a la puerta de entrada y de le di las listas a Sylvain, quién me lo agradeció.

En tan solo diez minutos el patio delantero estaba casi lleno. Y eso que solo estaban la mitad o así de los alumnos. Más les valía a los padres despedirse pronto y dejar aparcamientos libres para los que puedan ir llegando. Ya me estaba imaginando la cara del conserje como se formase un atasco.

Escaneé rápidamente de un lado para otro intentando encontrar a alguien conocido. Me pareció ver el pelo desordenado y rubio de Ethan, pero seguí escaneando sin detenerme. No quería averigüar si había llegado.

Y entonces reconocí la inconfundible cabeza pelirroja de mi amiga Sophie. Sonreí ampliamente y corrí hacia donde estaba, hablando con Diana, otra compañera nuestra.

Sin pensármelo dos veces, salté a su espalda haciendo que casi nos caigamos de morros al suelo.

-¿Pero qué coño…? –masculló Sophie. 

Pero al darse la vuelta y ver que se trataba de mí, soltó un gritito y me abrazó con todas sus fuerzas. Yo le abrazaba de vuelta, pero como era media cabeza más alta que yo, casi me estaba afixiando. Finalmente me soltó.

-Me alegra ver que sigues viva después de haber estado tres meses hablando con las flores. –se rió de mí.

-Ya, bueno, llega a pasar un día más y te juro que me hubiese vuelto loca. Encima teniendo que aguantar las quejas de Nat. –me reí yo también.

-Si ya me desespero yo teniendo que oirla solo cuando estoy aquí, no me quiero imaginar tú. Yo me hubiese arrancado los pelos.

Le pegué un empujón amistoso y saludé también a Diana.

-¡Mira quiénes aparecen casi puntuales! –Sophie señaló detrás de mí.

Maica y Alec, los gemelos, venían hacia nosotras con una sonrisa de oreja a oreja también. Esta vez fuimos Soph y yo las que corrimos hacia ellos para abrazarles. Ella se tiró a por Maica y yo a los brazos de Alec, quien me dio vueltas.

-¿Y tu cuando piensas crecer? –me dijo entre risas.

-¿Cuándo piensas tú dejar de hacerlo?

Si antes ya era alto, ahora debería medir al menos mecho ochenta. U ochenta y cinco.
Luego Soph y yo intercambiamos lugares. Maica y Alec, al igual que nosotras, habían ido desde el primer curso a Cimmeria. Y desde ahí nos conocemos. Llevamos cuatro años de amistad.

Ambos gemelos son altos y tienen el pelo liso y marrón, al igual que los ojos. Alec es mi mejor amigo, y lo quiero como un hermano. Nos picamos, bromeamos entre nosotros y nos preocupamos. Bueno, él excesivamente diría yo. 

Una vez que un chico que no tenía especialmente buena fama en el colegio se me acercó para pedirme la hora. Alec le echó tal mirada amenazadora que incluso yo me asusté. Y le agradezco que sea tan atento conmigo, pero soy mayor para cuidarme de mí misma. Y de los pervertidos que se me acercan.
Por eso está encantado de que odie a Ethan Bennet. Él es la persona número dos que más odia a Ethan en este internado. La primera soy yo, claro. Y la tercera su hermana. 
Vamos, si conmigo ya se pone en modo sobreprotector cuando ve señal de que algún chico quiera hacerme daño, con su hermana ni os lo imagináis. Lleva a la pobre loca.

No se me había borrado la sonrisa desde que vi a Sophie. Cuando saludé a los demás, (Jev, Caroline, Bea, Park, Ash, Liam…) no había parado de sonreir.

Esa noche tendría dolor de cara, pero no me importaba. 

Al fin me divertía de verdad después de tres meses de aburrimiento.

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