17 dic. 2013

Capítulo 3.

Sonó el timbre que anunciaba que los padres deberían despedirse de sus hijos e irse.
La madre de Maica y Alec se acercó a saludar.
-¡Hola, chicas! ¿Qué tal el verano, cómo ha ido? –nos preguntó a Sophie y a mí.
Su madre era igual que ellos. Pelo marrón, ojos marrones. Misma cara de determinación y decisión. Solo que ella llevaba gafas y además, a todo eso se sumaba a que yo la veía como un ejemplo de superación.
Tuvo que criar a sus dos hijos sola porque su pareja la abandonó cuando estaba embarazada. Por mucha rabia que le dé a Alec, la madre de Ethan le ayudó cuando más lo necesitaba. Ellas eran buenas amigas. Amigas de verdad.
-Pues el mío bien, he viajado por algunos sitios y eso, pero mis padres no se quedaban mucho, mi madre siempre ponía objeciones con el hotel o con el personal.
-Nunca cambiará… -murmuró tan bajo que solo lo oí yo. Se giró hacia mí.- ¿Y tú Crystal?
-Guay, he viajado de la capilla al comedor, y del comedor a mi habitación y eso. –dije, pero acabé con una sonrisa.
Ella me la devolvió.

-Ya sabes que puedes pasar con nosotros algunos días cuando quieras. –me ofrece.
-Pues, después de haber pasado este verano, quizá le tome la palabra.
Ella extendió las manos.
-Cuando quieras –repite.
Volvió a sonar la campana y yo los dejé mientras se despedían entre ellos.
Subí la escalera y me quedé de pié junto a Sylvain.
-Anda mira, si sabes sonreir. –bromea, y me da con un dedo en la mejilla.
Yo lo aparto juguetonamente.
-Ya sabes, es que al menos podríais poner una televisión solo para gente privilegiada.
Puso los ojos en blanco y sacudió la cabeza.
-Cuando te apetezca, llamo a la compañía y te subes tú con ellos al tejado a colocar la antena.
-Por probar. –me encongí de hombros. En realidad había estado un montón de veces en el tejado, pero no tenía por qué enterarse nadie.
-Anda, haz algo util y enséñale a Neil donde está el ala de los chicos y su dormitorio. Es el 48.
-¿Quién es Neil? –pregunté frunciendo el ceño.
Sylvain me señaló al chico que había visto antes apoyado en el mercedes.
-Es nuevo y no conoce a nadie.
-Bueno, igual que todos los nuevos. Además, ¿eso no lo hacen los prefectos? Lo de enseñar Cimmeria, digo.
-Si, pero prefiero que a él se lo enseñes tú.
-¿Por qué? Precisamente no quise ser prefecta para no tener que hacer estas cosas.
-Y es una pena, porque serías una muy buena. Y la razón por la que te lo pido es porque no quiero que Natalie lo haga. Ya sabes como de pesada se puede llegar a poner cuando ve a un chico guapo.
Ahí le daba la razón.
-Creo que Natalie ya le tiene echado el ojo a alguien. –le recordé.
-Da igual –soltó un pesado suspiro.- Deja de buscar inconvenientes y haz lo que te le dicho, anda.
Levanté las manos.
-Está bien, ya voy, ya voy.
Fui hacia donde él estaba, apoyado en la columna que estaba al lado de la puerta de entrada, solo. Al parecer sus padres ya se había despedido. Qué rapidez.
-Hola, tú eres Neil, ¿verdad? –dije a modo de saludo cuando llegué a su lado.
-Hola. –me respondió, y me dio una cálida sonrisa. Simpático.- ¿Y tú eres…?
Tenía acento, aunque no podía identificar muy bien de donde.
-Crystal Cassel. Y según me ha dicho Sylvain, creo que tendré que hacerte de guía personal hasta tú habitación.
-Me parece bien. –se agachó para coger sus cosas, que por cierto eran bastantes pocas, y me siguió.
Le llevé por el vestíbulo, señalándole donde estaba el comedor y el salón de actos. Subimos por las escaleras que daban al ala de los chicos.
-Entonces, no eres de Londres, ¿cierto? –pregunté finalmente.
-No, y es raro que lo hayas notado. Llevo viviendo aquí bastante tiempo. Soy de Holanda.
-¿Y qué le trae a un holandés estar por Londres?
-El trabajo de mis padres. Se mudaron a Londres cuando yo tenía 11 años. Desde entonces he estado de un colegio a otro, deambulando. En realidad, sabía que tarde o temprano acabarían metiéndome en un internado.
-¿En qué trabajan tus padres?
-Haces muchas preguntas. –me miró sonriendo de medio lado.
-Soy curiosa. A veces demasiado. –admití.
-Eso veo, y solo te conozco de 10 minutos. De todas formas, son abogados.
-Tomo nota. Nunca debo meterme contigo. –bromeé.
-Eh, que también sé defenderme solito.-dijo medio ofendido. Pero por sus sonrisa, que parecía que nunca se iba de su cara, estaba claro que no lo estaba en serio.
Llegamos a la puerta de su dormitorio.
-Es este. Quédate bien con el número. No es agradable llegar por la noche el primer día y no saber en qué cama debes dormir.
-¿Eso lo dices por experiencia?
-No. Pero conozco a gente que si le ha pasado.
Soltó una carcajada.
-Entonces si que me tomaré en serio eso de aprendérmelo bien. –abrió la puerta y metió su maleta. Después se giró hacia mí.-Gracias por el mini tour. Ha sido entretenido.
-Lo mismo digo. Encima de tu escritorio hay un sobre con las normas del colegio. Yo de ti lo leería, hay profesores que se lo toman demasiado en serio, sobre todo el señor Zelazny.
-Bueno es saberlo. Ahora le echaré un vistazo. Un placer haberte conocido, señorita Cassel. –hizo un exagerado gesto para tenderme la mano. Yo se la dí mientras sonreía.
-El placer es mío, señor…
-Obkey.
-Obkey. –le solté la mano y me di la vuelta para irme.- ¡Y no llegues tarde a la comida! –le grité.
-¡No lo haré!
Negué con la cabeza aún sonriendo. ¿Estaría en la sangre de los holandeses ser tan simpáticos y confiados?
Porque por lo general yo no me suelo soltar a hablar y bromear con alguien cuando solo lo conozco de 15 minutos.
Bajé las escaleras trotando, y en una curva tropecé con alguien que también iba medio corriendo.
-¡Cuidado, Crys, mira por donde vas!
-Podría decir lo mismo de ti Nat. –dije indignada. Siempre la pringaba yo.-¿A dónde vas tan deprisa al los dormitorios de los chicos? –pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
-¿De donde venías tú? –contraatacó.
-Sylvain me ha pedido que acompañe a un nuevo a su dormitorio.
Alzó las cejas.
-Eso lo hacen los prefectos. ¿Pretendes que me lo crea?
Solté un suspiro de frustación. Agité un mano hacia ella.
-Da igual, piensa lo que quieras. Yo me voy a buscar a Soph.
¿Por qué no podía haber nacido Natalie holandesa? Siempre tan desconfiada. No, tuvo que tener ramas francesas.
¿Y a dónde iría ella?
En cualquier caso, no me importaba. Una de las cosas por las que todavía no nos hemos enfrentados verdaderamente la una a la otra es porque respetamos la privacidad de la otra.

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