18 feb. 2014

Capítulo 10.

-¿Disfrutaste el castigo de esta mañana, Cassel? -Sip, este fue el saludo que me dirigió el guapo de Zelazny en cuanto crucé las puertas. Escuché la risa de Nat desde la otra punta, pero lo dejé correr.- A ver si aprendes a no discutirle a un profesor.
Le hice un signo de OK con el dedo, que ignoró completamente.
-Hoy seguiremos con lo que ya os estuve planteando ayer. Pero antes –se llevó el silbato que siempre llevaba al cuello a los labios.- Diez vueltas sin parar alrededor de la pista.
Silbó y todos nos pusimos a correr. Quejándonos, obviamente.
-¡NO QUIERO NI UNA PROTESTA!
Puse los ojos en blanco y me uní a los demás. Específicamente, a Alec. Siempre llevaba mi ritmo.
-¿Qué hay Patel? –saludé.
-Hay que ya me estoy muriendo y no he dado ni dos vueltas. –dijo entrecortado.
Este chico…
-Eso te pasa por fumar, bobo. Te lo tengo dicho.
Me miró con pena.
-Sabes…que lo intento. Pero…me…cuesta demasiado. –solo le faltaba sacar la lengua para parecerse a un perro- Como alguna vez os vea a ti, a Soph, o a Maica…probar una sola calada a un cigarro…juro que os mataré.
Sonreí. Siempre tan atento.

Por eso se me sentaba con el culo no decirle que en realidad, yo por lo menos, ya lo había probado.
No me miréis mal, estaba en una fiesta, muy ida de la cabeza. Casi no recuerdo nada de aquella noche. Excepto que le dí demasiados tragos a un vaso, una calada a un cigarro y que había muchísima gente de todos los cursos de Cimmeria. Pero eh, que era una fiesta secreta.
Por suerte para mí, no soy de las que se suelen enganchar a nada.
Si, tenía mis cosas buenas.
Acabamos las 10 vueltas (bueno, para Alec y para mi 8. Nos cruzamos el campo entero dos veces cuando Zelazny se fue al baño) jadeando y con el corazón a mil por hora.
-Se me va a salir del pecho –susurró Alec antes de tirarse al suelo y espatarrarse con las piernas y los brazos abiertos- Ahhhh, está fresquito. –dicho esto, se dio la vuelta y se puso boca abajo.
Menudos amigos me había buscado. Estaba pensando en tirarme encima de Alec para hacer la gracia, cuando me percaté que Nat y su amiga Jade nos miraban. Y no precisamente bien.
Hablando de amigos raros…
Nunca me había gustado Jade Edward. Era una completa perra. Con todas las letras, desde la P hasta la A. Con su aspecto impecable y riéndose siempre de los demás. Si por ella fuera, hacía gimnasia con tacones.
Siempre estuve convencida de que fue ella quién hizo cambiar a Natalie. En un arrebato que cogimos, se lo mencioné y se puso como loca. Hasta tal punto de ponerse ella a insultar a mis amigos. Entonces las dos nos enzarzamos en una buena pelea; ella se llevó un buen mordisco, y yo un buen rodillazo.
Desde ahí aprendimos a meternos con lo que sea excepto con las elecciones de nuestros amigos.
-Alec, levanta. –le susurré.- El sapo vuelve.
Creó que dijo algo así como ‘no me puedo mover’.
Le pegué una leve patadita en el costado que lo hizo volver a centrarse.
-Ya voy –gruñó.
-Para que veas lo que jode que te levanten.
-¿Siempre hablas de lo mismo?
-Solo cuando tengo sueño.
-Osea, casi siempre.
Le saqué la lengua y puse atención a lo Zelazny decía.
-Vale, ahora poneros al lado de la pareja del otro día. –dijo- Y quiero ver como os movéis TODOS.
Claramente, esto iba para Ethan y para mí.
Por lo menos él estaba a solo unos pasos, por lo que en seguida estábamos en uno al lado del otro.
Si es que esto se podía llamar ‘al lado’. Casi cabía un camión entre nosotros.
Pero a Zelazny le bastó. Empezó a sacar pañuelos de color rojo de su bolsillo.
-Bien, ¿alguna vez habéis jugado a la gallinita ciega? –preguntó. Hubo un coro de síes. ¿De qué iba esto?- Pues lo que vais a hacer es algo parecido. Uno de la pareja, que yo elegiré –Mierda, ya estaba preparada para señalar a Ethan- se pondrá la venda en los ojos. El otro tendrá que guiarlo correctamente, sin chocarlo con nada.
Por favor que le toque a Ethan, por favor que se vende los ojos Ethan…
-Cuando todos estéis con los ojos tapados, los demás pondremos todo tipo de obstáculos por toda la pista. –continuó- Insisto, debéis guiarlos como dios manda.
Ya, claro. Tú lo que quieres es que nos rompamos los dientes.
Vale, Crystal. Cálmate.
Temía el momento en el que se acercara a nosotros con la venda en la mano. Ninguno había dicho una palabra.
Raro.
Zelazny se paró en frente nuestra. Pareció sopesar mucho su elección.
Casi suelto un suspiro de alivio cuando vi que se disponía a entregarle el pañuelo a él.
Pero en el último segundo, cambió de rumbo y me lo plantó en la cara.
-Que os cunda.
Definitivamente, me odia. A muerte.
Menos mal que es mutuo.
Respiré profundamente. No hagas ninguna estupidez.
Me llevé el trozo de tela a los ojos e intenté anudármelo.
-¿Te ayudo, reina de la torpeza? –dijo la voz profunda de Ethan
No, gracias. Ya has tenido bastante toqueteo con mi pelo hoy.
-No, ya está.
-Bien. ¿Ves algo? ¿Cuántos dedos tengo?
No, no veía un cuerno.
-Ethan Bennet, como me estés sacando el dedo sin que me dé cuenta, voy a pensar que eres un cobarde –le dije, medio en broma medio en serio.
-Hmm, no lo había pensado. –Podía imaginarme su cara de pensativo mientras me miraba burlonamente.
¿Desde cuando te imaginas su cara? Debería estar feliz de ir con los ojos tapados y no sentir esa necesidad de darle un puñetazo cada vez que le ves.
-Ahora vengo, tengo que ir a ayudar a Zelazny. Intenta no tirarte a besar el suelo mientras no estoy. –lo oí alejarse.
Me crucé de brazos y esperé mientras todos a mi alrededor se movían de aquí para allá colocando objetos.
Seguro que Ethan vendría sigilosamente y me pondría uno justo en frente para caerme de morros a la primera de cambio. Y así poder seguir llamándome torpe y con razón.
Hablando de torpeza… Me pareció oir un grito de queja por parte de Nat y después un golpe en el suelo. Dios, Alec era capaz de hacer algo así si estaba demasiado exasperado con las exigencias de mi hermana
No pude aguantar la risa al imaginarme la escena.
-¿Qué te hace tanta gracia? ¿Te has vuelto definitivamente loca? –me preguntó Ethan, que al parecer ya estaba de vuelta.
-Loca si debo de estar, ya que estoy con los ojos vendados esperando a que especialmente tú, me guíes por un camino a rebosar de objetos puestos por el medio -comenté intentando sonar todo lo convincente posible.
-Eso me ha dolido, Cassel. –respondió sarcástico.
-Más me va a doler a mí cuando me caiga.
Ethan rió sin decir nada.
Ay, que miedo.
-¡Vale, nenazas, ya podéis empezar! –anunció Zelazny.
Qué sutil.

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